La temible pregunta que siempre le hacen a uno cuando tiene más o menos cuatro años, ha regresado a atormentarme desde la tumba. Recuerdo que en mi caso, me habían dejado dibujar la profesión que quería tomar en un mundo de cegador capitalismo, consumismo, neoliberalismo o cualquier ismo barato que nos está costando caro.
Dibujé esa vez a una enfermera, dos años después a una doctora, y más adelante a una arquitecta. Pero ahora que tengo casi veintidós años, me viene un listado de respuestas con las cuales seguramente me hubiesen enviado a un terapeuta, algo que en realidad no alteraría las fotografías nítidas de las dos oficinas de psicólogos con ideologías opuestas, en las que jugué durante varias tardes.
Si fuese una profesión, me hubiese gustado ser pirómana, solo para deshacerme de una de mis fobias más antiguas al fuego, y tal vez para quemar las casas de cualquiera que me hubiese hecho salirme de mis cabales, sin importar su posición social, edad, sexo, cargo político, etc.
Bien dirían los Tiger Lillies:
“Wouldn't it be fun, to ring the funeral bell?
On our civilization, and watch it burn in Hell.”
También hubiese contestado que me gustaría ser hombre y llamarme Nino o Dominique. No usaría bigote, ni les diría a las mujeres “viejas”, tampoco me gustaría el futbol soccer. Es posible que me hubiesen dicho despectivamente “joto” o “marica”, y no me incomodaría, puesto que preferiría tener cuerpo de hombre y conservar mis pensamientos de mujer, aunque eso me transformase en una minoría.
A veces el ser hombre abre las puertas con mayor facilidad que siendo una mujer, eso es muy común en la dirección de cine, y en otros trabajos donde se requiere a un líder “nato”. Sigo sin entender la razón por la cual el mundo en el que vivo les da más oportunidades a ellos que a nosotras, si los dos solo somos diferentes en una sola cosa: a ellos les sobra y a nosotras nos falta, aunque la mayoría de las veces esto sea al revés.
Sí, yo sería Nino o Dominique, el aspirante a cineasta, escritor, músico, actor, artista plástico, que además fuese un mandilón, pero de lo cual yo estaría orgulloso porque así, no tendría que cumplir otras expectativas más que las mías.
Un amigo mío decía un chiste cuando íbamos a pasar de preparatoria a universidad, alardeaba con que iba a estudiar heredería, lo cual hizo que nuestra directora de generación, lo mandase llamar y lo sometiera a meticulosos exámenes vocacionales.
Si se hubiese enterado de mi aspiración a ser revolucionaria, no un mártir y modelo de camisetas, como el Che Guevara, pero sí alguien con las suficientes faldas o pantalones para decir “Tú y tú van a caer por el bien de millones”, me hubiese encadenado a una maratón de pruebas para ponerme algún trabajo típico de una oficina.
No niego que me gustaría tener un lugar donde colgar mis títulos, poner mis premios en anaqueles, y tener una amplia biblioteca, pero asimilo mejor la idea de correr con un equipo de trabajo selecto, con cámaras, micrófonos, maquillaje, iluminadores, actores, actrices, guionistas y asistentes, donde mi zona de trabajo sería cualquier locación lejos de una caja.Tal vez haciendo películas termine muriendo de hambre (el mayor temor de mi madre), pero prefiero eso que tener que ver las horas avanzando, con la adrenalina desbordándose en cada vez que alguien rompiera mi taza de café o sacase fotocopias de su repugnante cara (cualquiera de las dos).
“Otra cosa que quisiera ser de grande”, anotaría yo, “es ser madre pero soltera”. Ayer mencioné esta meta de tener hijos sin uno esposo en la mesa de una plática conservadora y todos me voltearon a ver con curiosidad, como si estuviese enferma o un alienígena se hubiese robado los vestigios de sabiduría que me quedaban. Mis padres solo ríen ante las reacciones, porque aprueban mi elección para evitar emparentar con cualquier machista, borracho, gordo, calvo y demás características negativas conocidas y por conocer. Por mi parte, me niego rotundamente a atarme a cualquier persona, porque no me gusta que me pongan cadenas en el cuello, porque no soy un perro para obedecer las órdenes de un amo.
Mándenme a un manicomio con estas ideas retorcidas y poco competitivas, pero si por alguna razón todos mis planes llegasen a fallar, me gustaría ser tatuadora, sepulturera tal vez, comediante, o incluso, jugadora profesional de poker. Yo optaría por vidas emocionantes, desastrosas, y fuera de los parámetros, porque prefiero ser anormal que ser parte de un hipócrita estilo de vida que termina absorbiéndoles a todos la energía, como en las películas de ciencia ficción.
-Entonces ¿qué quieres ser cuando seas grande?
-Todo menos tú.- contestaría en mi cuaderno.
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