Úrsula recordó el momento en el cual Dámaso le obsequió una violeta. Posiblemente para el resto del mundo, ese sería el regalo más barato y carente de creatividad, pero para ella era el objeto más valioso y también, la más noble demostración de afecto de parte de un jardinero mágico.
Úrsula decidió colocar la flor en un recipiente con agua para luego esconderla al fondo de su armario. Si sus padres se hubiesen enterado que un joven pobre y sin futuro como Dámaso, había osado a acercarse a su hija, posiblemente habrían decidido enviarla a vivir a las montañas con las monjas que tanto odiaba.
Con el paso de los días, Úrsula contempló la violeta como si fuese una joya de tallo tierno. Solía fingir que tenía mucho que leer para retirarse de la mesa y así dirigirse a su cuarto, pero en lugar de tomar los libros de estudio, ella gastaba su tiempo viendo aquel cuenco de madera que guardaba un relicario de la naturaleza.
Un mes se fue.
Úrsula no había vuelto a ver Dámaso.
A veces creía que los rumores de sus amigas acerca de lo traicioneros que eran aquellos muchachos que criaban enredaderas, orquídeas, rosales y violetas de propiedades extraordinarias.
“Recuerda que a ellos les gusta regalar flores a todas las mujeres para que, con cada minuto, una semilla o espora entre en su cuerpo y así ellos puedan cultivar más. Si no te deshaces de ese retoño a tiempo, al final…”
“Al final” pensaba Úrsula mirando la ventana. La violeta seguía dormida en la oscuridad, junto a los vestidos, las medias y los pañuelos de seda.
Dámaso no regresaba. No parecía existir un motivo suficiente para que él quisiese regresar al final.
“Al final” murmuraba ella, cepillándose el cabello como cada noche. En últimos días, las cintas que decoraban sus peinados parecían dejarle un sutil recuerdo de las violetas, o tal vez la leyenda...no, esas eran solo habladurías.
Día tras día, Úrsula miraba al camino que venía del norte, buscando a lo lejos la silueta del jardinero, pero nadie interesante llegaba. Solamente pasaban ancianos, campesinos, el panadero vendiendo sus pasteles, o la vendedora de fruta ofreciendo ciruelas para la cena de Navidad.
Úrsula no salía de casa, prefería esperar.
“Al final” retumbaba en sus oídos.
Esas palabras permanecían en su memoria como si hubiesen sido talladas en un bloque de mármol.
“Al final, ellos roban las almas de las doncellas, y cuando las encuentran, la carne, los órganos y cada centímetro de ellas ha…”
“Yo he sido” se repetía Úrsula para acallar el latido de su corazón, un fuerte tambor que con su ritmo perforaba sus oídos.
“El corazón del mundo” escribía en cada hoja de papel que se encontraba en su escritorio y posteriormente en el despacho de su padre, en la habitación de su madre, incluso, reescribiendo sobre los libros.
“El corazón del mundo, palpita en sincronía con el de aquel hombre, con el de mi familia, con los árboles, con todo. El corazón del mundo es el centro del universo en un fino capullo, pero ¿mi corazón? y es que yo he sido…” repetía Úrsula, línea tras línea, gastando la tinta hasta que sus progenitores descubrieron la locura de su hija.
La encerraron bajo llave, sin papel, sin pluma y sin tinta, pero ella…
Úrsula se arrancó una uña y con su sangre intentó completar la frase escribiéndola en todo aquello que se posaba frente a ella.
“Yo he sido…”
-¡Señora! ¡Úrsula ha vuelto a arruinar sus vestidos! ¡Los corta y escribe sobre ellos!
-¡Señor! ¡Úrsula ha ensuciado las paredes, las cobijas, los cuadros y los muebles con esas frases sin sentido!
Otra uña más, “yo he sido…”
Su boca expulsaba pétalos púrpura.
Su piel emitía un agradable, intenso y violento aroma.
“Yo he sido”
Las manos y pies de Úrsula estaban atados y cubiertos con las pocas fundas de almohadas que quedaban en los cajones.
Ella volvió a ver la ventana, habían pasado tres meses, ya era primavera.
A lo lejos, un hombre de cabello negro sostenía un ramo de violetas frescas.
Bajo el cielo de medianoche, Dámaso subió por la canaleta que llevaba agua a la casa de Úrsula.
Sin mucho esfuerzo, logró entrar al humilde aposento de la doncella y ahí…
“Yo he sido…” repetía Úrsula con el poco aliento que le quedaba.
“Has sido mi cultivo más perfecto” dijo el muchacho sacando una daga, dejando al descubierto un campo de violetas.

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