sábado, 11 de enero de 2014

La Mosca vuelve a zumbar

La portada de la primera "Mosca En La Pared"
que compré.
La primera vez que me encontré con la revista “La Mosca En La Pared” fue hace ocho años, justamente cuando yo era una estudiante de primer año de preparatoria. El ejemplar que encontré en el supermercado tenía a Jim Morrison en la portada con el cabello y los ojos rojizos, todavía tengo esa revista guardada entre mis posesiones valiosas junto con otra de Radiohead y una de los Arctic Monkeys.

Fue a partir de ese ejemplar y otros más que comencé a educar mi oído mientras mis demás compañeros de escuela se debatían entre ser metaleros o fresas, y otros eran invisibles o sin categoría aparente (siendo yo de los últimos). Cada que acompañaba a mi madre al súper me sentaba tres horas en el piso del pasillo de revistas a devorar el contenido de dicha publicación en lo que ella comparaba los precios y beneficios de cinco aceites comestibles.

Conocí más de los The Doors, Cream, The Cure, David Bowie y The Velvet Underground sin saber que años después este último grupo me ayudaría a encontrar a uno de mis mejores amigos, o que incluso gracias a otras bandas que pasaban por las páginas de “La Mosca…”, terminaría identificando a las personas de mentalidad más abierta (tanto musical como culturalmente) de aquellos que odiaban el “Sgt. Pepper…” y el “White Album” porque como dice una amiga mía: “Una persona no puede ser completamente mala si le gustan los Beatles” (sobre todo con sus discos pachecos).

También es gracias a las enseñanzas de esta publicación que cuando caí en uno de los momentos más deprimentes, busqué la forma de irme un verano a estudiar al país que nos dio a los Smiths y Joy Division. Allá conocí en mi curso a profesores, personas y alguno que otro conductor de televisión que se sorprendieron al ver que yo apreciaba artistas como The Clash, The Stooges y Siouxsie and The Banshees.

Puede decirse que “La Mosca…” me ha ayudado a sentirme cómoda con mi identidad porque a pesar de todo sigo siendo de la extraña población de larvas que buscan artistas con verdaderas propuestas, o que estudian primero la historia de una banda para entender y disfrutar mejor el contenido de sus discos.

Luego de un tiempo la revista desapareció sin siquiera despedirse, o al menos yo no recuerdo que hubiese un ejemplar donde se anunciase el final. Después encontré el blog pero no era igual, extrañaba buscar en las repisas del super para sentarme tres horas a alimentarme con las secciones “Crónicas globalifílicas”, “Un hilito de sangre” e incluso la entretenida columna de Miguel Cane cuando llegaba a publicar ocasionalmente en la revista.

La nueva imagen de la revista.
Aunque sé que muchos de estos colaboradores siguieron escribiendo, la edición en papel me permitía desconectarme del mundo hasta que se me acababan los artículos y no me quedaba de otra más que buscar muchas canciones que mencionaban usando las computadoras de la escuela, encontrando algunas (y descargándolas porque solo me alcanzaba el dinero para la ruta a mi casa) u olvidándome de ellas porque en el 2005 o 2006 el internet aún escaseaba de contenido tan peculiar.

Hoy me zumbó algo en la sección de revistas. Al lado de los patrones de tejido volví a toparme con mi guía musical/espiritual la cual sigue conservando su esencia irreverente. Y claro, mi madre volvió a decirme “Ya vas de nuevo a leer la revistota esa en la cual gastabas el poco dinero que a veces te quedaba del pasaje”… sí, justo como en los viejos tiempos. 

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