No sé en que idioma escribirte, ya los he usado todos pero ninguno parece ser el indicado para que entiendas el eclipse que hay dentro de mi cuerpo.
Fui rana, medusa y mantarraya, logrando solo invocar a las sombras, cargándo con sus letras infantiles y sus sonetos desquiciantes, pero lo único que no consigo es que dejes de leer mis labios para que puedas entrender lo que dicen las 24 lenguas.
Yo sí he fumado cada uno de tus escritos como si se tratasen de flores y hierbas, formando pequeñas siluetas nuevas con el humo aromático, y tú solo te has limitado a tomar cada navaja que forjo para tirarla al viento, ver como flota, abandonarla en la ligera caída.
Eres un falso ser mágico, eres ciego, sordo y cruel, porque apareciste, tomaste mi psíque, la hiciste explotar y luego escapaste en un carro jalado por asteroides y satélites.
Has dejado mi cadáver para un ser oscuro, el que solo desea devorar la colisión entre la Luna y el Sol para ser de luz solo por unos segundos; me has preparado para un carroñero de papel.
Pero aún tengo algo de fuerza para sujetarme a los muros, aunque desgarre la dermis de mis manos o me quede sin ellas y sin voz para gritar antes de que él me lleve a su horrible lecho.
Mi nahual, siempre me pertenecerás aunque el ser más bajo me haya llevado a su reino para coronar mi frente con carbones ardientes, aun si duermes con toda clase de seres asexuados o multisexuados, los que no ven en tu cabeza y en tus manos todas las constelaciones que yo encontré, o al menos pretenden maravillarse con tu sagrado papiro de estrellas.
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