Hace algún tiempo, un gitano me regalo una esfera de cristal. Decía que si la pulía a las doce, en una noche de Luna llena, podía encontrarme con mis treinta reencarnaciones y también, podía hallar respuesta a todas mis dudas.
Esa ocasión disimulé mi risa, guardando el artefacto en el bolsillo de mi abrigo. Estaba convencida que eran tonterías de un charlatán, lo bueno es que era un obsequio, por lo tanto no tendría que pagar por un objeto “mágico” como el resto de los presentes lo hacían. Una cosa era segura, yo no era como ellos que parecían moscas devorando los ojos de un muerto. Por mí, podían seguir comprando talismanes, relicarios, muñecos de barro y cartas del tarot, seguramente terminarían tirándolos a la basura.
A pesar de todo, no quise dejar al muchacho con las manos vacías. Deposité dos cristales en bruto en sus manos. No era un gran sacrificio, mi padre me había heredado en vida una mina, la cual solía administrar para que las riquezas adquiridas de ellas pudiesen durarme hasta cederlas a mis descendientes.
Olvidé la esfera durante mes y medio, hasta que uno de los sirvientes, tomando mi capa, vació los bolsillos para evitar romper o perder objetos de valor. Colocó el artefacto en el escritorio y se retiró silenciosamente. Volví a reír para mis adentros y pensando que tal vez esa esfera podía ser un bonito pisapapeles o al menos una decoración exótica en mi habitación.
Pasaron las horas hasta que el reloj marcó la media noche. Las únicas luces que me permitían seguir trabajando eran la que emitía las velas y la que provenía de la Luna.
“¿Y si tan solo le quito el polvo?” murmuré inocentemente mientras mis dedos sentían el glacial vidrio, para luego frotarle con la manga de mi vestido. A pesar del sopor, me dirigí a la cama como un títere, me envolví en las cobijas y apoyé mi cabeza en la almohada. Mis ojos encontraron una luz azul que me envolvió hasta mostrarme treinta cuerpos, treinta nombres, treinta vidas y treinta muertes, pero con un común denominador: el mismo asesino con identidades diferentes, repitiendo las mismas palabras inaudibles, clavándome una espada, disparando una bala, o golpeándome brutalmente con la mano izquierda.
Los primeros rayos del sol se asomaron a través de las cortinas. A mi lado se encontraban fragmentos de cristal. Afortunadamente, ningún pedazo se había clavado en mi brazo, pero lo que se encontraba en mi cabeza, esa semilla, permanecía incrustada. Debía encontrar a esa persona, al asesino, y también era necesario preguntarle a ese chico la razón por la cual me había dado la oportunidad de encontrarme con ese verdugo.
Me arreglé, subí a la carreta que me llevaría a recorrer cada lugar donde podían reunirse los brujos, sin embargo, era bien sabido que volver a encontrar a los gitanos era difícil, pero no quería resignarme a quedar con más preguntas de las que ya me atormentaban.
Después de varias horas, el cochero me dijo que los caballos debían descansar. Nos encontrábamos a las afueras del poblado, confiábamos que nadie nos atacase a plena luz del día.
Permanecí dentro del carruaje intentando escarbar más en el sueño para encontrar más detalles o al menos encontrar patrones de conducta comunes en el agresor. Luego de un rato, escuché afuera golpes y gritos. Al asomarme por la ventanilla me encontré con un rostro enmascarado, el cual, al percatarse de mi presencia, decidió forzar la puerta para entrar. El otro compañero tomó las riendas y puso en marcha la carreta.
Mientras luchaba contra el ladrón, logré arrancarle el disfraz. En ese momento me encontré con el joven gitano, más asustado que yo, con un cuchillo con empuñadura hecha con los cristales que le había obsequiado, pero sobre todo, utilizando la mano izquierda. El acero se clavó en mi costado, luego en mi corazón hasta que en la tela del vestido se formó una mancha oscura, había sido una equivocación, error de asaltante principiante.
Se me escapaba la vida con lentitud, con cada respiración, intentando no caer por un precipicio oscuro, tal vez la futura reencarnación treinta y uno. Dejé de hablar, de escuchar, pero mis ojos veían sus labios repetir las mismas palabras mudas, eran frases desesperadas, tal vez pidiendo ayuda, buscando una solución al enigma que en cada nueva aparición lo orillaba a matarme, buscando respuesta al hilo que nos conectaba cíclicamente como depredador y presa.
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