jueves, 23 de junio de 2011

Here Comes The Sun (La piedra y la planta).





“Here Comes the Sun” ¿te acuerdas de esa canción? Cuando la escuchábamos en el viento, recorriendo nuestros oídos  y llegando a nuestras bocas con una desentonada fonética que terminaba en risas, todo esto mientras viajábamos sobre carreteras, calles y callejones, sin importar si era la mañana, tarde o noche.

Éramos dos criaturas ridículas volando sobre tu viejo dragón blanco de hojalata. Decías que nunca había que temerle al ridículo o avergonzarnos de nosotros mismos porque al final, eso provocaría que nos pusiéramos obstáculos en el camino. Mientras repetías esas palabras te disfrazabas de sargento, de hippie o de ti mismo. Hasta ahora no he podido quitarme ese temor, sin embargo estas son las palabras que más acuden a mis neuronas, creciendo como una espiral, acompañadas de “Ahí viene el sol y digo que está bien”.

La gente nos miraba mientras buscábamos preguntas y respuestas en las nubes. Yo encontraba brujas y tú dinosaurios, los que dibujabas con tus dedos en el cielo, aunque el único reptil ancestral que podía ver era el sello de dragón que colgaba de tu cuello. Me decías que tu plan era ser uno, como el que cuidaba tesoros y tenía una coraza de oro cubriendo su pecho, justo como en el libro de Tolkien.

Yo te contaba de las visiones que tenía con mis ojos de fractal, casi siempre eran apocalípticas, con cadáveres amontonados en fosas gigantes. En algunos momentos vislumbré una fortaleza, aseguraba que ese era tu hogar; también recuerdo que te vi navegando en campos de trigo sobre un barco pirata. Mis sueños te entretenían como si fueran cuentos, entre más los escuchabas más me pedías nuevas visiones, aunque sabías que terminaría cansada de ver dentro de los pétalos de mi frente.

Jamás conocí a tus padres, tú tampoco viste a los míos, porque naciste entre las piedras y yo había sido una semilla. También era por esa razón que no recordabas mi cumpleaños, porque tu calendario y el mío eran muy diferentes. Yo te festejaba otro ciclo de vida, tú olvidabas el mío aunque sabías que me molestaría mucho y al final te diría que no había ningún problema, porque las plantas, aunque nos corten, seguimos creciendo desde la raíz. Tu excusa era que el Sol siempre te decía que debías acordarte para la siguiente vez, te lo repetía diario, pero cuando menos lo esperabas, ya había pasado el día. Yo me lo creía.

Un día me llevaste a un muelle, me sentaste sobre la madera enmohecida y me pediste contar hasta diez con los ojos cerrados, para que pudieses huir entre las olas. Pensabas que sería fácil dejarme con lo que quedaba de luz, olvidaste que yo tenía ojos de fractales en el rostro, pero no tenía párpados. Querías ser un dragón. Ahora que lo pienso, fui egoísta al tenerte a mi lado tanto tiempo porque no dejé que te nacieran escamas en la piel, ni te animé a que aprendieras a dominar el aliento de fuego.

“Little darling, it feels like years since it's been here”- Ha pasado un año, el que ya nos borró los labios y trazó con carboncillo una mueca similar a una sonrisa. Ya no soportas escucharme cantar sola desde la orilla, así como tu voz entre las olas me golpea con un mazo invisible hasta hacerse espirales. Tampoco podemos vernos como antes, cuando éramos el reflejo del otro, ni siquiera buscándonos en la marea baja.

A veces te veo volando en el viejo dragón de hojalata con una nereida a tu lado, pero nunca he escuchado que ambos canten “Here Comes The Sun”, tal vez encontraron una mejor melodía, algo menos infantil.
Yo me quedo con la vieja tonada. “Here comes the Sun and I say ‘It’s alright’”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario