“Here Comes the Sun” ¿te acuerdas de esa canción?
Cuando la escuchábamos en el viento, recorriendo nuestros oídos y
llegando a nuestras bocas con una desentonada fonética que terminaba en risas,
todo esto mientras viajábamos sobre carreteras, calles y callejones, sin
importar si era la mañana, tarde o noche.
Éramos dos criaturas ridículas volando sobre tu
viejo dragón blanco de hojalata. Decías que nunca había que temerle al ridículo
o avergonzarnos de nosotros mismos porque al final, eso provocaría que nos
pusiéramos obstáculos en el camino. Mientras repetías esas palabras te
disfrazabas de sargento, de hippie o de ti mismo. Hasta ahora no he podido quitarme
ese temor, sin embargo estas son las palabras que más acuden a mis neuronas,
creciendo como una espiral, acompañadas de “Ahí viene el sol y digo que está
bien”.
La gente nos miraba mientras buscábamos preguntas y
respuestas en las nubes. Yo encontraba brujas y tú dinosaurios, los que
dibujabas con tus dedos en el cielo, aunque el único reptil ancestral que podía
ver era el sello de dragón que colgaba de tu cuello. Me decías que tu plan era
ser uno, como el que cuidaba tesoros y tenía una coraza de oro cubriendo su
pecho, justo como en el libro de Tolkien.
Yo te contaba de las visiones que tenía con mis
ojos de fractal, casi siempre eran apocalípticas, con cadáveres amontonados en
fosas gigantes. En algunos momentos vislumbré una fortaleza, aseguraba que ese
era tu hogar; también recuerdo que te vi navegando en campos de trigo sobre un
barco pirata. Mis sueños te entretenían como si fueran cuentos, entre más los
escuchabas más me pedías nuevas visiones, aunque sabías que terminaría cansada
de ver dentro de los pétalos de mi frente.
Jamás conocí a tus padres, tú tampoco viste a los
míos, porque naciste entre las piedras y yo había sido una semilla. También era
por esa razón que no recordabas mi cumpleaños, porque tu calendario y el mío
eran muy diferentes. Yo te festejaba otro ciclo de vida, tú olvidabas el mío
aunque sabías que me molestaría mucho y al final te diría que no había ningún
problema, porque las plantas, aunque nos corten, seguimos creciendo desde la
raíz. Tu excusa era que el Sol siempre te decía que debías acordarte para la
siguiente vez, te lo repetía diario, pero cuando menos lo esperabas, ya había
pasado el día. Yo me lo creía.
Un día me llevaste a un muelle, me sentaste sobre
la madera enmohecida y me pediste contar hasta diez con los ojos cerrados, para
que pudieses huir entre las olas. Pensabas que sería fácil dejarme con lo que
quedaba de luz, olvidaste que yo tenía ojos de fractales en el rostro, pero no
tenía párpados. Querías ser un dragón. Ahora que lo pienso, fui egoísta al
tenerte a mi lado tanto tiempo porque no dejé que te nacieran escamas en la
piel, ni te animé a que aprendieras a dominar el aliento de fuego.
“Little darling, it feels like years since it's
been here”- Ha pasado un año, el que ya nos borró los labios y trazó con
carboncillo una mueca similar a una sonrisa. Ya no soportas escucharme cantar
sola desde la orilla, así como tu voz entre las olas me golpea con un mazo
invisible hasta hacerse espirales. Tampoco podemos vernos como antes, cuando éramos
el reflejo del otro, ni siquiera buscándonos en la marea baja.
A veces te veo volando en el viejo dragón de
hojalata con una nereida a tu lado, pero nunca he escuchado que ambos canten
“Here Comes The Sun”, tal vez encontraron una mejor melodía, algo menos infantil.
Yo me quedo con la vieja tonada. “Here comes the Sun and I say ‘It’s
alright’”.

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