Comienza con un grito distorsionado que dice siempre “Te doy un minutos mientras se llena el bote”, acompañado por los cañones que explotan en mi oídos conforme las bombas de agua van cayendo una a una en el plástico.
Me escondo en mi trinchera para no ver fuera más allá de las paredes acolchadas, no escuchar los comentarios repugnantes de los que nunca han tomado un rifle, ni sentir el repulsivo calor que da a la piel una textura nauseabunda y pegajosa conforme pasan las horas.
Siempre será mejor regresar a ver el templo de la mujer pagana, la que estaba resguardada en un convento rodeado de burbujeante lodo del cual brotan las pequeñas hojas de mentol y eucalipto. Un convento pequeño rodeado de árboles, sin la presencia molesta de las falsas palabras de cada domingo.
Es mejor taparse los oídos para volver a huir de los militares que quieren romperte los brazos y las piernas, los que con paso “1, 2, flanco izquierdo” te buscan entre el verdor brillante, mientras con pie desnudo trepo por la corteza de los árboles hasta llegar a la copa del más alto, para asomar la cabeza entre las ramas y sentir como unos ojos felinos contemplan la huida.
Sostengo mi bastón, para acercarme a la puerta negra y golpear a los alienígenas que desaparecerán en humo; los que no dejan de gritar “Te va a dejar el camión” y a los que les robé cada cráter de la Luna donde sembré violetas de topacio.Volteo hacia los edificios oscuros, buscando ese particular letrero de neón, el que tiene un nombre que nunca recordaré por más que intente memorizarlo. Donde, tras la apariencia de una cantina y un burdel, se esconde toda la biblioteca de Alejandría, siendo aquel que la resguarda y la saquea un mismo hombre, que por ahora, ha mostrado trece diferentes identidades.
Como disparos cae el líquido, un ruido que perfora las ideas con cada golpe, ¿hasta cuando se callará el escándalo de las armas?
Mi caverna de sábanas, cálida, confortable, oscura, silenciosa, llena de visiones secretas… hasta que la mortal luz, la explosión nuclear y acompañada de un último rugido de “¡Levántate ya!” se lleva con una brisa y un movimiento de manos mi escondite perfecto, para empezar otra pelea contra el ruido de la máquina sin engrasar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario