El mundo se acaba, lo dijeron en la televisión, en los libros y en las profecías de Nostradamus y los mayas tantas veces, pero al final decidí ignorar toda esa parafernalia. Ahora lo veo derrumbarse mientras estoy sentada sobre la hierba de un bosque, mientras los edificios más altos e indestructibles se vuelven polvo y escombros.
Millones de coches en la carretera corren como cucarachas multicolores, mirando con sus ojos brillantes los caminos infinitos que llevan a otros escenarios de destrucción, todo al son de gritos de mujeres histéricas, hombres que rompen la máscara de cordura y niños asustados con sus juguetes favoritos en los brazos.
Saco de mi morral una botella de vino mientras frente a mis ojos explotan fábricas, refinadoras de petróleo y reactores nucleares, creando un espectáculo de fuegos artificiales tóxicos, el cual grabo con una cámara de video robada de la escuela durante la catástrofe, junto con su respectivo tripié.
Mientras las patrullas y las ambulancias chillan en vano dirigiéndose a destinos inciertos para recoger heridos y muertos, yo opto por escuchar de mi reproductor musical a Jimi Hendrix, porque decidí que esa será la banda sonora del final de todos, mientras se matan entre ellos por sobrevivir, se traicionan aunque sean amigos o familia; una escena en la pantalla grande aderezada con “All Along The Watchtower”, mientras la guitarra del dios del rock desgarra los oídos sordos de una multitud ignorante.
Tomo un trago del dulce licor barato, nunca había podido beber tanto; mientras, festejaré la orgía de la destrucción que capta mi mente la cinta en cada minuto y segundo. Soy una cineasta de la tragedia que quiso ser como sus héroes del cine, la que deseó atrapar los colores y las imágenes más impactantes que pudiesen encontrarse en las imaginaciones más inocentes y perversas.
Celebraré los premios que nunca tendré por este film pero que me otorgo como la persona que observó el lado oscuro de la humanidad, entre hombres que se asesinan por salir vivos en vano, mujeres que gritan mientras se queman y nadie rescata, y niños sin familia que se reúnen para jugar por última vez.
Morbo, si, pero también mi obra maestra, la cual ni los mejores efectos especiales y sonoros pudo advertirnos sobre lo que vivimos ahora. Ahora confieso que me gusta el color de este final: una mezcla de negro, escarlata, naranjas, verde quemado… ¿el celuloide podría reproducir algo tan fielmente? No me importa, amo esta faz de la muerte, la que me lleva en un barco. ¿Llevo la moneda que me sacará de éste mundo?
Ahí sigue mi cámara, siendo testigo mudo de lo que decían sería eterno, lo que nadie podrá interpretar con expresionismo, surrealismo y todos los ismos creados para el arte. Nadie entendió que estábamos al borde de caer en las manos de Hades, aquel que puede estrujarnos como una hoja de papel; ahora mírenme reírme, mientras mi voz resuena en las copas de los árboles que estallan.

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