domingo, 11 de septiembre de 2011

Instantánea ácida


Apenas me escuchaban, apenas fingían escucharme. Peor que tu indiferencia me resultaba la indiferencia profesional de ellos. Con ellos tampoco me entendía.
"La continuación" Silvina Ocampo

Los retratos siempre capturan siluetas sin nombre, de luz u oscuridad. Un borrón que aparece con el revelador, se enjuaga, se fija y permanece en una bandeja llena de agua por unos minutos. Los lentes de una cámara, el diafragma, el obturador y los ya casi extintos rollos, conforman un atrapa sueños postmodernista, el cual es utilizado por aficionados o expertos en el arte de capturar colores fijos o en movimiento.

Nunca se sabe cuando un individuo puede convertirse en parte de la composición, de un recuerdo vespertino, un viaje a las montañas, una fiesta de cumpleaños, una marcha pacífica, e incluso la representación gráfica que acompaña a una noticia de ocho columnas. Cuando uno menos se da cuenta, ya ha paseado frente a aquel que manipula la cámara, volviéndose un vestigio de la existencia misma dentro de un contexto caótico.

Hace algunos meses encontré a ese joven que se había convertido en un barrido con figura humana, apenas logré distinguir su rostro serio, su boca delgada, bien definida, la cual creaba una armonía con sus ojos de somnolencia castaña; también, su cabello en esos días eran delgados hilos de ébano sin un orden establecido por un cepillo.

Me dio su nombre, esto acompañado de unas hojas, y una mueca similar a una sonrisa. Me pidió algún texto de mi autoría, lo único que tenía cerca eran lo que había leído ese día en caso de que otra persona, en la cual solía estar interesada, se dignase a escuchar los desvaríos de un individuo con personalidad múltiple.

No le presté mucha atención en ese momento, pero posteriormente lo encontré en tres de las capturas que había conseguido con una vieja cámara réflex. A veces sonreía ligeramente, tal vez fingiendo que le interesaba escuchar las incoherencias de unos niños que juegan a ser escritores como Bukowski, Ocampo, Hemingway, Sabines, o Paz; en otras conservaba un grado de seriedad similar a una escultura prehispánica, sin embargo, él se diferenciaba del resto de aquellos que se movían a su alrededor. 

Leí la obra que me había dado, parecía un híbrido entre cuento y poesía, no logré deducir su naturaleza o significado tan fácilmente. Conforme leía sus escritos más sentía que él había visto mi historia en una película, la cual decidió preservar antes de olvidarla. Las imágenes comenzaron a tomar sentido, él siempre estuvo ahí, desde mi infancia hasta mi etapa adulta, buscando ser una huella imborrable en el subconsciente. Microfilme de perfil, tres cuartos, de espaldas, de frente, cuerpo completo, con las pupilas mirando a todas direcciones, el cabello desordenado, en la noche, en el día, blanco y negro, o a colores.  No importaba, solo quería quedarse aquí, en mi mente a través del ojo de vidrio de una cámara.

No he vuelto a verlo más que en otras capturas de la capital, a veces ese chico solo es un conjunto de  pinceladas sepia entre figuras verdes. Tengo todavía sus documentos, los que siempre cargo en mi mochila, solo para leerlos y aferrarme por unos minutos a la idea de que él no es un error nacido de la velocidad y este inquieto pulso. Diariamente tengo su nombre en mis labios, intento contenerlo pero esta tarea se vuelve cada vez más difícil. A veces deseo gritarlo para que él lo escuche y regrese, para poder conseguir otra fotografía que me asegure que él en verdad existe y no es solo parte de una cálida dimensión paralela.
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PD: El imbécil mira al dedo que señala al cielo.


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