martes, 21 de junio de 2011

Lobo


A los lobos no se nos puede domesticar. Yo soy la excepción si tomas en cuenta las correas, el bozal, los azotes, las preguntas, las órdenes y los gritos.
Veo a los de mi especie correr por el bosque libremente mientras persiguen conejos, hasta que al alcanzarlos y despedazarlos con sus fauces. A veces me gusta soñar con que yo también persigo animales indefensos, pero al despertar, me doy cuenta que vivo con humanos.
Si me llegase a escapar, es por seguro que no se me permitiría regresar. Si le gruño a quienes me alimentan seré recompensado con un día sin comer y el cuerpo lleno de marcas ocultas bajo mi pelaje.
Pero no puedo evitarlo, es mi naturaleza querer irme con los que son igual que yo, ya sea que nos encontremos a medianoche para aullar a la Luna, o que ellos me den los restos de los animales muertos, e incluso escapemos silenciosamente hacia donde está el río, claro, solo si en la cabaña están profundamente dormidos. Yo soy así y nadie me puede tener atado por siempre a un poste, pero, al mismo tiempo, tengo miedo de terminar castigado bajo la nieve.
A veces me hubiese gustado no tener que pensar, justo como algunos perros lo hacen para no sufrir, para vivir siempre felices durmiendo en las camas de sus dueños, alimentándose con la comida de un costal, negando que alguna vez fueron criaturas con instintos. Pero yo no soy como ellos, y eso me causa demasiados problemas, porque no es fácil que me dejen acercarme a alguien sin antes tenerme bajo control.
Hubiese sido bonito no tener que pensar, solo babear y fingir una sonrisa canina, pero nadie comprende que así fui hecho, que solo cuando quiero acepto que se me acerque alguien y cuando no me agrada o me molestan demasiado, entonces mi sangre y mi adrenalina me ordenan morderle el cuello hasta que mi hocico se canse del sabor de su garganta.
Sí, acepto que soy un asesino, un traidor, un animal vulgar que no le gusta que lo vean como un juguete. Sin un nombre, domesticado a la fuerza, asqueado de esta vida de silencio. Entre correas, el bozal, los azotes, las preguntas, las órdenes y los gritos.

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