Si yo te dijera que estoy muerta de seguro me dejarías hablando sola, pero no te preocupes, ya me acostumbré a ello, al silencio que destruyó con una navaja de tu lengua la flor que crecía en mi frente como un tercer ojo.
Si yo te dijera que a pesar de todo puedo verme en el espejo del baño de ese hotel haciendo muecas infantiles para recuperar mi cuerpo, pedazo de piel que se fue cruzando la calle y dobló a la izquierda, posiblemente te asomarías por la ventana, te vestirías y tomarías un camión al centro del monstruo donde habitas.
Si yo te dijera que me dupliqué, que la que te escribe es el cadáver y la que ves es la que aparenta tener sangre corriendo en las mejillas cuando ríe, seguramente ya estarías camino a tu departamento en algún taxi o en un vagón del metro.
Si yo te contara que ayer quemé las figuras de papel que me regalaste, las que llamaste “tontos recuerdos de la infancia”, tal vez pensarías en las cenizas y luego subirías las escaleras para irte a dormir junto a tu otra presa.
Si yo te contara que se me toda tu vida de memoria y se como morirás, tal vez me ignorarías mientras la saludas a ella con un beso antes de entregarle las flores marchitas que le llevas cada jueves en la noche.
Si yo te contara todo nunca me lo creerías, pero y si quien te lo contara fuese una bala ¿le harías caso a mi boca que se volvió el cañón de un revólver? No, solo me entenderías si la verdad entrase por tus sienes.

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