sábado, 11 de junio de 2011

Pirañas

Tengo ciento sesenta y siete pirañas en la pared y unas más fuera de esta.

Un grupo de trece se alimentó de mi corazón, las venas y las arterias. Les pareció un juego divertido el deformar mis entrañas con sus dientes mientras teñían el agua de un color carmesí. Maldigo a esos peces pero también les estoy agradecida. Les rogué que se llevaran mis pulmones, los riñones, estómago, todo lo que había estado en mi tórax, pero me dijeron que solo querían mi esencia porque era la delicia de cualquier cuerpo.

Una ya se llevó mi cerebro y mi lengua, las cuales devoró para tener más ilusiones por tallar en las rocas. Encontró estos órganos tan inocentes y profanos que por esa razón me los arrancó con desesperación, porque está dejando de ser un niño y se está convirtiendo en lo que nunca quiso ser.

Otra se ha robado mi esqueleto para construir sus mundos con mis costillas, los fémures serán perfectos cimientos, los omóplatos formarán el techo y al final se hará un collar con las vértebras de mi columna, una alhaja que presumirá ante todos y dirá que todo lo hizo con sus aletas y su ingenio. No dirá el nombre de la víctima porque no le conviene que los demás sepan que esos huesos crecieron bajo las escamas de alguien más.

Una pequeña piraña no alcanzó ningún pedazo importante y decidió saborear mis dedos, creyendo que a través de ellos podría encontrar la respuesta universal. Le susurré que me había quedado como una cáscara de nuez pero no quiso creerme. Mordisqueó las yemas de los dedos intentando tener un sueño que le ayudase a morir en paz cuando nadase hacia el mar de cianuro. Tonta criaturita, huyó con mi meñique para seguir con su travesía.

Tres pirañas pelean por mis ojos, dicen que la textura gelatinosa les dará la capacidad de ver los fractales que las llevarán con los brujos. Ellas quieren transformarse en mujeres con vestidos de seda tornasol, sueñan con una familia humana. Yo también hubiese hecho lo mismo porque a nadie le gusta devorar la carne envenenada que tiran al agua.

Una más se llevó la piel de mi rostro para hacerse una máscara con la cual conseguirá los secretos de los vivos y los muertos, también se llevó mi cráneo por si acaso nadie le creía su mentira. 

Lo que queda de mí se lo lleva el resto, me quitan mis extremidades restantes, la piel, los músculos que aún seguían intactos, la carroña que no quisieron los demás. Supongo que las pirañas se matan entre sí solo por quedarse con lo que ellas no tienen, pero al llevarse mis restos entre sus dientes de navajas no se percatan que tendrán el mismo final. Algún día serán un cadáver de piraña devorado por sus iguales y como yo, nadie escuchará sus gritos bajo el agua.




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